DOS NOCHES CON BRUCE

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El rock’n’roll que apasiona y enaltece

JORDI
BIANCIOTTO

En un momento en que los shows buscan el más difícil todavía, va Bruce Springsteen con su E Street Band, y llena, o casi, dos noches el Estadi Olímpic, el 17 y 18 de mayo. Una tropa de tipos de 60 años tocando rock’n’roll con vistas a Elvis Presley, Phil Spector, el folk de Woody Guthrie, el soul de Stax Records… Códigos escénicos eternos: la entrega, la pasión, la receptividad y la generosidad. ¿Estereotipos gastados? No descartemos que la decadencia de una sociedad se manifieste cuando su cinismo, disfrazado de inteligencia, llega al extremo de ridiculizar las expresiones de sinceridad y grandeza.
Volvió Springsteen y trajo un disco, Wrecking ball, que sabía a raíces, a música tradicional con aromas negros, con estrofas sobre recesión económica, dinero fácil y excluidos del sistema. Y en el Estadi se las apañó para meter en un mismo recipiente la indignación y la exaltación con maneras que le hacen especial: la sensación de que está tocando para ti, y de que ese concierto no es un trámite, sino que estamos en esto porque nos lo creemos y hasta el final. Que es la única manera en esta vida de afrontar las cosas con alguna posibilidad de éxito.
Springsteen logra que personas adultas intelectualmente saneadas pierdan el oremus. Estimula un punto de fuga emocional a través del cual individuos racionales se ven de repente pronunciando palabras como «fe», «para siempre», «incondicional»… La primera noche, unos amigos a los que tengo por formales (cuarenta y tantos, algunos con hijos) se zamparon colas así de largas y se lanzaron a la pista como transformados por una fuerza más grande que ellos. Sentí un pellizco de envidia: la zona de prensa, llena de pantallas de ordenador esculpiendo crónicas de urgencia, no propiciaba el desmelene. La segunda noche fue peor: mientras Bruce cantaba Racing in the street , servidor se peleaba con la conexión de ADSL, obstinada en boicotear los momentos más delicados. Maldita sea.

EL PRIVILEGIO DE LA EMOCIÓN. Y al salir, a mis amigos, que repitieron, claro, aunque esta vez sentados («para ver el concierto desde otro punto de vista»), les volví a ver envueltos en un éxtasis que muy pocas otras cosas en la vida pueden suministrar. Unas guitarras, canciones indestructibles y una voz que las hace creíbles. Quizá para algunos todos ellos sean, seamos, un atajo de ingenuos impresionables, pero, ¿no pagarían por sentir una pasión como esa, en lugar de contemplarla por encima de hombro? ¿Cuál fue la última vez que se involucraron emocionalmente en algo?

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