Pacific Rim, de Guillermo del Toro

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Guillermo del Toro, con Pacific Rim, nos regala una oda pantagruélica a las películas de monstruos japoneses y al cine de animación oriental bajo el aparatoso prisma habitual de una mega-producción hollywoodiense.

Crítica de Pacific Rim

Guillermo del Toro es un tipo -como él mismo se denomina-, un tanto especial. Su pasión por el cine trasciende la barrera del propio lenguaje cinematográfico, y por doquier pueden contarse sus apariciones en eventos, charlas, congresos y proyectos donde se afana por explicar sus aficiones, tics y referencias en relación al séptimo arte. Digamos que, en cierta manera, se preocupa por hacer algo más que rodar películas ya que las vive y siente como nadie. Cuando Peter Jackson y él anunciaron una colaboración estrecha para filmar El Hobbit, muchos se tomaron la noticia con cierto escepticismo -algo lógico, más vale malo conocido, que malo por conocer-, pero otros tantos guardaron una fe casi dogmática en que, el director mexicano, acabaría haciendo las cosas bien con total seguridad. ¿Quién mejor para llevar la fábula de Tolkien que un realizador especializado en narrar y hacer películas con aspecto de fábula?

Guillermo del Toro - Peter Jackson

Desgraciadamente, Del Toro abandonó el proyecto, y se internó en la arriesgada adaptación de “En las montañas de la locura”, de H.P. Lovecraft, autor fetiche para el director -las influencias del escritor de terror en sus películas de Hellboy son más que evidentes-, en la que depositó sendas esperanzas e ilusiones. Guillermo del Toro es un fanático del llamado “terror cosmogénico” donde las figuras humanas somos meras marionetas y alimento para una serie de criaturas y dioses antiguos, procedentes de más allá de las estrellas. El argumento de “En las montañas de la locura” prometía terror, misterio y arqueología, llevándonos a la Antártida, donde un grupo de científicos descubrían unos extraños cuerpos enterrados en mitad de la nieve. Desgraciadamente, la producción tampoco llegó a buen puerto, siendo todo un mazazo personal y sentimental para Guillermo, que se dedicó a producir y firmar colaboraciones -como la infravalorada Mamá– mientras gestaba otra película, más ambiciosa y grande si cabe, que lo devolvería a la primera línea del panorama cinematográfico.

Jaegers

Pacific Rim nace como lo hacen las grandes gestas fílmicas de los últimos: como fruto de un delirio personal. Para entender el germen de semejante capricho, y para comprender al mismo tiempo la naturaleza de una película como Pacific Rim, hay que comprender en primera instancia, las motivaciones personales del propio director. Guillermo del Toroha confesado -en repetidas ocasiones- sentirse atraído por las películas de monstruos gigantes procedentes de tierras niponas, cautivando su imaginación desde que era un tierno e imberbe infante. Se ha criado con ellas, y forman parte de su subconsciente cinematográfico.

No es de extrañar. Descontando el poderío cinematográfico de películas como “King Kong” -si estableciésemos lazos y conexiones podríamos sacar al menos un par de nombres de directores de primer nivel que empezaron a rodar y filmar influenciados por el gorila gigante de la RKO-, Guillermo del Toro siempre se ha declarado un fanático confeso de las cintas procedentes del género conocido como kaiju eiga -lo que sería la definición de películas de monstruos en japonés, y del que toma prestado el términokaiju para su propia mitología en Pacific Rim -, en especial de las producciones de laToho o la Daei, con Godzilla y Gamera -respectivamente- como principales estrellas de ambos estudios.

Pacific Rim Godzilla

Desde la original “Japón bajo el terror del monstruo” (Gojira, 1954) de Ishiro Honda a las grandes congregaciones multitudinarias de látex donde decenas de criaturas se batían el cobre en mitad de las ciudades japonesas más laureadas -en miniatura y realizadas en cartón piedra, claro está-, Guillermo del Toro, al igual que toda una generación, creció con estas películas, amasando y asimilando sus propios clichés y reglas que, a posteriori, marcarían su forma de hacer cine. Las kaiju eiga proliferaron en el Japón de los años sesenta y setenta, contando ambas décadas con el mayor grueso de producciones, sagas y secuelas de Gamera, Godzilla y compañía. Entre medias, y a medida que el género kaijucomienza a perder popularidad en Tokyo y en otras partes del mundo -donde este tipo de producciones eran carne de reposición televisiva o programa doble de matinal-, comienza a destilarse una cierta tendencia a la inclusión de los robots gigantes, que pasan a un primer plano.

Kaijus

Ya sea hablando dentro del propio cine o de las series de anime a las que dieron pie los robots -no se puede olvidar la cita a la estrella de la época de los setenta, “Mazinger Z”, o de la inclusión de renombradas versiones robóticas y mecanizadas de monstruos como Godzilla, que contó con su propio Mecha-Godzilla-, el robot o autómata, conocido también como “mecha”, empezó a cautivar a grandes y pequeños, haciéndose un hueco en la cultura japonesa que ha durado hasta nuestros días, postulándose a la postre como uno de los iconos más reconocibles del imaginario nipón. Así pues, nadando entre esos dos conceptos, el del mecha y el del monstruo gigante, nace Pacific Rim, un brillante entramado de guiños, homenajes y detalles procedentes de estos dos gigantescos elementos culturales tan populares y asentados.

Pacific Rim - Crítica

El argumento -o más bien, pretexto- de Pacific Rim es tremendamente sencillo, al mismo tiempo que ingenioso. En un futuro cercano, la humanidad se ve asediada por el ataque de una serie de monstruos gigantes denominados Kaijus. Procedentes de una dimensión desconocida, llegan a nuestro planeta a través de una brecha localizada en el océano Pacífico, y convirtiéndose en todo un problema para las naciones de todo el mundo, que se afanan por buscar una solución viable a la colosal amenaza. Tras varios fracasos con determinados programas militares, se aprueba la construcción de losJaeger, unos aparatosos robots pilotados de manera simultánea por dos humanos conectados de forma neurológica. Entrelazando sus hemisferios cerebrales, y compartiendo hasta sus recuerdos más íntimos, ambos pilotos consiguen poner el funcionamiento el mecanismo del enorme robot, y enfrentarse, cientos de toneladas de acero puro mediante, a los temibles kaiju. Estos tanques bípedos son la última esperanza de la humanidad, y en sus frías manos, está la clave para vencer a las criaturas que nos acechan en las costas del Pacífico.

Pacific Rim - Crítica

Guillermo del Toro, en una introducción rápida -al estilo de algunos de los anime más famosos y recientes, como “Evangelion”– establece su propia mitología y apocalíptico escenario, explica los detalles necesarios para comprender las motivaciones de los personajes, y se lanza a ofrecernos un espectáculo audiovisual sin parangón en los últimos años. Pacific Rim funciona como película a varios niveles y estratos. El film, en primera instancia, sirve como contenedor popular para una serie de elementos repetidos como clichés recurrentes y reiterativos en el propio género kaiju -el trauma familiar, la amenaza nuclear que también sirve como única salvación para la humanidad-, y de hecho, incluso se podrían trazar varios ejemplos y similitudes con el clásico de referencia, “Japón bajo el terror del monstruo”, donde pese a existir armas y soluciones bélicas capaces de pararles los pies al gigantón nuclear, es finalmente un científico con ganas de venganza -pero al mismo tiempo, profesa un extraño sentido de admiración con respecto a la criatura- el que logra descifrar la clave de la amenaza kaiju.

¿Quién quiere personajes... cuando tiene ROBOTS GIGANTES?

Los personajes en Pacific Rim son, paradójicamente, meras marionetas del espectáculo, desfilando por la pantalla únicamente para servir de excusa la acción que desborda al espectador en pantalla. Deliciosamente estereotipados, roles como el interpretado porIdris Elba -el rudo y paternalista mariscal, Stacker Pentecost-, o el de Mako Mori -encarnada por la eficiente y bellísima Rinko Kikuchi– ayudan a trasladar de forma visible el marcado sentimiento dramático de este sub-género kaiju, que lleva al paroxismo absoluto todo lo relacionado con las motivaciones y traumas personales. Charlie Hunnam -el descubrimiento de la película, pese a que se encuentra algo perdido con respecto a sus compañeros- tampoco se libra de esos demonios del pasado, y también arrastra su propio estigma personal que lo martiriza. En otra película, tamaña argamasa de recuerdos, pasiones y discursos tal vez quedase algo ridícula -quizás con la excepción de la mítica “Top Gun”-, pero en Pacific Rim casa y funciona la perfección, dotándole de mayor cohesión y verosimilitud a tamaño capricho y homenaje cinematográfico a la cultura japonesa.

Una vez tenemos el escenario, los personajes y la propia historia en sus respectivas colocaciones y puntos de partida, Guillermo del Toro procede a abrumar con sendas coreografías de batalla y milimétricas secuencias de acción, donde cada Jaeger y Kaiju se encuentran en el momento oportuno y en el ángulo correcto para sus intercambios de golpes. Las reiteradas batallas de Hong Kong o la vista en Alaska -que abre la película sirviendo de introducción- son tremendamente impactantes, inteligentes y colosales. A ello, en parte ayuda su cuidado diseño artístico y de producción, que bebe y transforma las más variadas influencias de las películas y series del género kaiju y mecha, añadiendo clichés y cameos de cosecha propia: los Jaeger y su forma de pilotaje, los Kaiju y acertada concepción física -aficionados a la Toho y al cine del recientemente fallecido, Ray Harryhausen, podéis sacar brillantes y veladas referencias, no perdáis ojo-… No hay ninguna pieza dejada al azar. Guillermo del Toro sabe introducirnos de una forma especial como testigos omniscientes y supervivientes entre los gigantescos escarceos de monstruos y robots, dotando de una escala real, tangible y panorámica a las batallas que ofrece, algo que hasta la fecha, no se había visto con demasiada verosimilitud en la pantalla grande, y que a la postre, es todo un plus para la versión tridimensional de la cinta -pese a que no se ha rodado de forma nativa-. Siguiendo el hilo del plano técnico, la fotografía, obra de su inseparable y colega Guillermo Navarro -que recibió el Oscar en 2006 por su labor en “El laberinto del fauno”-, fusiona una vez más con acierto colores cálidos y fríos, buscando ese halo de fábula habitual en las películas del cineasta responsable de “Cronos” y que por norma general, suele sentar tan bien a su filmografía. Es algo así como su impronta estética, y en esta Pacific Rim, sigue funcionando de manera más que correcta.

Crítica de Pacific Rim

Pacific Rim, sin temor a equivocarnos, nos parece uno de los blockbusters más coherentes, sólidos y sanos de los últimos tiempos. No es una cinta pretenciosa, ni tampoco busca aleccionar con el habitual discurso moralizante o ecologista habitual en el género. Simplemente está pensada y rodada, para hacernos disfrutar. ¿Ingenua? Tal vez. Pero entretener es su única pretensión, y lo cierto es que lo consigue con creces. Todo en Pacific Rim, goza de cierto lustre, y está impregnado de forma brillante por el imaginario del director mexicano, que repetimos, es el vehículo perfecto para aglutinar más de cincuenta años de monsters-movies en un atronador espectáculo audiovisual durante sus dos horas de metraje. Quizás suene aventurado decir que estamos delante de su película más inspirada y sólida, pero en cambio, sí que estamos seguros de que el niño que todos llevamos en nuestro interior -ese que se encerraba en su cuarto a jugar con sus soldados de plástico, robots de hojalata y dinosaurios de goma-, saldrá más que satisfecho de este honrado y esplendoroso viaje al corazón de un género despreciado y olvidado por muchos, pero que al mismo tiempo, es parte indivisible e inherente de nuestra cultura popular.

Crítica escrita por Alberto González

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