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Brinkmann Balance

La quinta esencia del High End alemán

El origen inequívocamente anglosajón de lo que conocemos como Audio High End no quita que, en los últimos 10 años, se hayan producido cambios en un mercado que ha experimentado como pocos –para bien y para mal- el irresistible empuje de las nuevas tendencias en el consumo de música grabada, hasta el punto de que EE.UU. y el Reino Unido han tenido que compartir su liderazgo con otros países. Por otro lado, existe a escala mundial un núcleo duro de aficionados que sienten auténtica devoción por el vinilo y empresas –como la nuestra- que han creído siempre en el más entrañable y, en muchos aspectos, musical de los formatos de audio. Y también hay países en los que lo clásico, lo tradicional ha salido mejor parado del “tsunami” digital y de Internet que en otros. Es el caso de Alemania, tradicional superpotencia en lo que a pasión por la música culta se refiere y, desde hace ya una década, verdadera caja de sorpresas en cuanto a fabricantes de componentes de audio de muy alto nivel. Fabricantes pequeños en su mayoría, pero muy comprometidos con su trabajo, hiperespecializados en términos de fabricación y sorprendentemente sofisticados en lo que a conceptos y soluciones tecnológicas se refiere.

En suma, lo mejor del rigor industrial y la pasión por las cosas bien hechas que forma parte de Alemania aplicado, en este caso, a la reproducción de la música grabada. Uno de dichos fabricantes es Brinkmann, fundada y dirigida por Helmut Brinkmann y que, sin ninguna duda, se puede considerar un ejemplo icónico de lo que es y representa el High End alemán. El giradiscos Balance, que protagoniza el presente Blog, ejemplifica a su vez una manera muy especial y contundente lo que significa maridar sonido y tecnología en clave de vinilo.

Austeridad formal, sofisticación tecnológica y radicalismo conceptual

Hay que reconocer que los alemanes juegan con ventaja a la hora de buscar lo último en materiales y, sobre todo, ingeniería mecánica gracias a una excelente base industrial que les permite acceder a lo último en maquinaria de control numérico para realizar mecanizados de muy alta precisión y, por tanto, para convertir en realidad los proyectos del más loco y exigente de los fanáticos de la reproducción sonora.

Del Balance gusta su elegante y sofisticada austeridad estética. Siendo un producto elitista, se nota que ha sido concebido por y para realizar una función muy concreta, sin concesiones a la galería ni, por supuesto, el más mínimo “fuego de artificio” que induzca a pensar que se busquen otros objetivos además de la excelencia sonora suprema. Una excelencia que en el ámbito de los giradiscos se condensa en dos conceptos: estabilidad de rotación e inmunidad absoluta frente a interferencias de origen mecánico o acústico.
Construido de forma completamente manual, el Balance impone ya de entrada por su contundente (18 kg de peso y 95 mm de altura) plato de aluminio especial de baja resonancia (a lo que contribuye también el disco de vidrio “incrustado” en su parte superior), un plato que para cumplir su cometido sin imperfecciones debe girar a la velocidad exacta. Y ahí es donde entra en juego esa sofisticación de la que antes hablábamos porque Helmut Brinkmann considera que el elemento clave del sistema de rotación es el conjunto formato por el eje y los rodamientos (cojinete), un conjunto que de ningún modo puede ser afectado por factores externos por insignificantes que parezcan.

Uno de dichos factores, esencial para el fabricante alemán, es la temperatura de los materiales empleados en el citado conjunto, cuya variación en función de las condiciones de trabajo se reduce prácticamente a cero gracias a un esquema de control electrónico basado en un transistor MOSFET de alta calidad que se encarga de mantener la disipación térmica en 15 vatios (lo que se consigue calentando el aceite que baña el eje de rotación) por cuanto se considera que es la cantidad adecuada para garantizar una rotación absolutamente fluida –y, por supuesto, a la velocidad exacta… es importante insistir en ello- del conjunto “plato+rodamientos”.

En este sentido, ayuda mucho la muy elaborada (ubicada en un recinto separado bellamente diseñado e irreprochablemente mecanizado) fuente de alimentación transistorizada que acompaña al Balance, una fuente que puede ser sustituida por una a válvulas (RöNt) disponible opcionalmente y que ha sido ideada para optimizar lo que Helmut Brinkmann llama la “cadena de energía”, formada por las diferentes fuerzas que entran en juego en un giradiscos con el fin de conseguir la perfecta rotación del plato. En suma, espíritu High End aplicado al límite.
En lo que respecta a los elementos mecánicos más “clásicos”, encontramos de nuevo un perfeccionismo controlado, casi comedido, pero perfeccionismo al fin y al cabo y, por lo tanto, excelencia. Es el caso del robusto chasis de 4 centímetros de grosor mecanizado en latón/acero de alta calidad o la base para el brazo de lectura, que puede aceptar diseños de longitud comprendida entre 9 y 10’5 y 12’1 pulgadas. Sobra decir que el Balance se suministra de fábrica con el bloque del brazo debidamente mecanizado para el modelos por el que finalmente se opte.

Una explosión de matices

Escuchamos el Balance equipado con un brazo Tonearm de 10’5 pulgadas de la propia Brinkmann –otro dechado de “perfeccionismo austero”- y una cápsula van den Hul The Condor, a lo que hay que sumar un preamplificador de fono Edison (otra maravilla que merece por sí solo protagonizar un futuro Blog), un previo de línea Audio Research Reference Anniversary, una pareja de etapas de potencia monofónicas Krell Evolution 900e y una pareja de las sublimes Sonus faber The Sonus faber. Todas las conexiones (Balance/Edison incluida) son de Transparent Audio (Opus MM2 en línea y cajas).
Lógicamente, la explosiva combinación que acabamos de describir no puede dar más que alegrías, en especial, teniendo en cuenta que todos los productos que la constituyen están ya suficientemente rodados.

motorbalance-brinkmann

Pero es que la palabra “alegría” casi resulta banal cuando uno se pone a escuchar pieza tras pieza –siempre de música clásica y jazz, que para algo la música verdadera debe ser ejecutada con instrumentos acústicos- y a descubrir un torrente de matices que inunda literalmente el espíritu. Por ejemplo, la incisiva interpretación de las celebérrimas “Cuatro Estaciones” por los impecables músicos de “Il Giardino Armonico” rebosa de riqueza, brío y sensualidad. Y lo mismo sucede con las melancólicas piezas de Schubert magistralmente ejecutadas por el genial y riguroso Alfred Brendel. ¡Y no digamos ya la legendaria banda de Duke Ellington o la siempre seductora voz de Ella Fitzgerald! Se consigue llegar a una especie de catarsis en la que el equipo desaparece virtualmente de la escena para convertirse en un enlace perfecto entre el compositor, los intérpretes y el oyente. En definitiva, seducción en grado sumo -con capacidad para crear adicción, lo que sucede en ocasiones muy contadas- que, con toda seguridad, frustrará a más de uno cuando la desconexión de los aparatos del equipo le haga volver a la realidad. ¿Se puede mejorar tanta excelsitud? Nos “tememos” que sí, “afinando” en materia de cápsula, fuente de alimentación del plato (léase cambiar transistores por válvulas). De hecho, casi no hemos mencionado la palabra Balance en nuestra reseña sobre la calidad sonora… hasta ese punto hace el Brinkmann honor a su nombre. Una espléndida materialización del concepto de “giradiscos para toda la vida” y un monumento a la mejor ingeniería y sabiduría alemanas a la hora de sacar todo el jugo al disco de vinilo. Más info>>

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