Poco a poco, y sin hacer apenas ruido, el barcelonés Jaume Collet-Serra se ha convertido en uno de los directores de género más fiables de Hollywood, un artesano del tipo de películas que jamás confundiríamos con lo que conocemos como cine de autor pero aun así derrochan inventiva y una personalidad inconfundible.

Hoy vuelve a la cartelera con ‘El pasajero’, trepidante intriga sobre un hombre ordinario que se ve arrojado al centro de una conspiración criminal mientras viaja en tren camino a casa. Es una buena ocasión para analizar qué le otorga ese carácter a sus historias.

Actor fetiche en escenas tontas

Collet-Serra ha tomado el improbable héroe de actioners que Liam Neeson ha resultado ser en los últimos años y lo ha convertido en pura paradoja: una máquina de dar tortazos que a pesar de todo parece siempre a punto de romper a llorar a causa de toda una gama de demonios personales.

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En ‘Sin identidad’ (2011) encarnó a un científico que pierde la memoria en un accidente y, al despertar, es ignorado por su esposa y todos aquellos a quienes creía conocer.

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‘Non-stop’ (2014) nos lo presentaba como un agente aéreo alcohólico que trata de resolver una amenaza criminal a bordo de un vuelo mientras el resto de pasajeros lo señalan a él como culpable. En ‘Una noche para sobrevivir’ (2015) dio vida a un exasesino a sueldo que lima asperezas familiares mientras esquiva las balas.

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Una noche para sobrevivir (2015)

Y ahora, en ‘El pasajero’, su personaje es un vendedor de seguros recién despedido que se verá obligado a salvar un tren del desastre mientras evoca dos arquetipos genuinamente hitchcockianos: el falso culpable y el pelele que tan bien encarnó Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones’.

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Desde su ópera prima, ‘La casa de cera’ (2005) –que transcurría en un pequeño pueblo estadounidense hecho de cera–, se ha especializado en situar sus historias en escenarios físicamente contenidos y a menudo únicos: un avión en ‘Non-stop’, un tren en ‘El pasajero’ y, en ‘Infierno azul’ (2016), un pedazo de roca en el medio del mar sobre la que Blake Lively intenta protegerse de un escualo. Sin identidad y Una noche para sobrevivir, por su parte, reconfiguran sendas urbes –Berlín y Nueva York, respectivamente– a la manera de verdaderos laberintos llenos de rincones y recovecos donde se ocultan agentes secretos y matones.

Al catalán le gusta pillar al espectador a contrapié y no duda en recurrir a giros argumentales que van de lo poco convincente a lo absurdo. Sus mejores películas manejan su propia ridiculez con delicadeza para hacerla culminar en momentos sublimes, como ese tiburón en llamas en ‘Infierno azul’ o la revelación majestuosamente estúpida que corona el clímax de ‘La huérfana’ (2009).

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¿La mejor escena? Esa en la que Neeson se enfrenta a un asesino usando una guitarra eléctrica. En ‘Non-stop’, llegado el momento, vemos a Neeson agarrando un arma en el aire mientras el avión en el que viaja endereza el rumbo, y justo después disparándola mientras vuela a través de la cabina. Y llegado el instante justo también ‘El pasajero’ se vuelve deliciosamente tonta, dejando de evocar ‘Extraños en un tren’ para parecerse a ‘Speed’.

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